Lanzarote no se vive igual en enero que en agosto, ni se camina del mismo modo en invierno que en primavera.
El paisaje, la luz, el viento y la vida local cambian con el paso de los meses, y con ellos también la forma de descubrir la isla.
En esta página comparto una lectura pausada de Lanzarote a lo largo del año: qué observar, qué tipo de experiencias tienen más sentido en cada momento y cómo acercarse al territorio con calma y atención. No es una agenda ni una lista de planes, sino una guía viva que se actualiza mes a mes para ayudarte a entender el ritmo de la isla más allá de los lugares imprescindibles.
Si te interesa conocer Lanzarote desde su paisaje, su cultura y su relación con el vino, aquí encontrarás orientaciones para caminar, parar, escuchar y elegir cómo vivir la isla según el momento del año en el que te encuentres.
Este contenido está pensado para ayudarte a planificar y entender Lanzarote durante el mes de febrero.
Febrero es un mes de transición en Lanzarote. La calma del inicio de año sigue presente, pero el territorio empieza a mostrar señales de movimiento. Los días se alargan poco a poco, el trabajo en el campo vuelve a ser visible y la vida local recupera un ritmo más activo, sin llegar todavía a la intensidad de la primavera.
Es un mes que combina observación y participación: el paisaje sigue invitando a caminar con calma, pero también permite entender cómo la isla se prepara para un nuevo ciclo, tanto en el campo como en la vida cotidiana.
En febrero, el verde que apareció tras las lluvias de diciembre ya forma parte del paisaje. No es una sorpresa, sino una presencia que se asienta, especialmente en el norte de la isla, donde los valles y laderas mantienen matices vivos y contrastes suaves. La luz es algo más alta que en enero y permite apreciar mejor los relieves, los campos cultivados y las zonas de transición entre malpaís y terreno agrícola.
El paisaje deja de ser solo contemplativo y empieza a mostrar actividad. Caminando por senderos y caminos tradicionales se percibe un territorio en uso, trabajado y cuidado. Febrero es un buen momento para entender Lanzarote como un equilibrio entre naturaleza y acción humana, donde el paisaje no solo se observa, sino que se interpreta a través de los gestos cotidianos que lo mantienen vivo.
Febrero marca un momento clave en el ciclo de la viña. Es el mes en el que comienza la poda, una tarea tradicionalmente ligada al día de La Candelaria, el 2 de febrero, aunque cada año el ritmo se adapta al clima y a las condiciones del campo. Durante estas semanas es habitual ver columnas de humo entre los viñedos: son los viticultores quemando los rastrojos de la poda, una imagen muy característica del paisaje agrícola en esta época.
Las cenizas de esos restos vegetales no se desperdician. Se incorporan al suelo como abono y ayudan a proteger la planta frente a posibles enfermedades, cerrando un ciclo de aprovechamiento que forma parte del conocimiento agrícola transmitido generación tras generación. Febrero no es un mes de vendimia ni de elaboración, pero sí de decisiones importantes que condicionarán la salud de la vid y la calidad del vino del año siguiente.
El vino, en este momento, vuelve a estar muy presente en el paisaje. No como producto terminado, sino como proceso. Entender la poda, el uso de las cenizas y el trabajo paciente en el viñedo permite leer el vino desde su origen y comprender la relación profunda entre el suelo volcánico, el clima y las personas que lo trabajan.
Febrero es un buen mes para seguir caminando Lanzarote, pero con una mirada algo más abierta que en enero. El territorio está en movimiento y eso se percibe tanto en el paisaje agrícola como en la vida de los pueblos. Las rutas interpretadas permiten entender este momento de transición, recorriendo zonas donde el trabajo en el campo vuelve a ser visible y el paisaje se lee como un espacio vivido y cuidado.
También es un mes en el que el vino empieza a ocupar un lugar más activo dentro de las experiencias. A partir de febrero se retoman catas especiales pensadas no solo para degustar, sino para contextualizar el vino dentro del paisaje y del momento del año. El mes invita a encuentros tranquilos, pero participativos, donde el vino sirve como hilo conductor para hablar de territorio, de procesos y también de experiencias personales.
Sin perder la calma que caracteriza al invierno, febrero abre la puerta a propuestas que combinan paseo, conversación y aprendizaje. Es un buen momento para compartir el vino al atardecer, para encuentros que invitan a la reflexión y para experiencias que ponen en relación el paisaje volcánico con las personas que lo habitan y lo trabajan.
Febrero es un mes especialmente intenso en la vida local de Lanzarote. Los carnavales se extienden durante varias semanas y forman parte de una celebración muy sentida, vivida y compartida, que va mucho más allá de unos días concretos. No son solo fiestas, sino una expresión colectiva que implica a pueblos enteros y marca el pulso social del mes.
Este ambiente festivo convive de forma natural con el trabajo en el campo y con la rutina diaria. Mientras en los viñedos continúa la poda y en los pueblos se preparan actos y encuentros, la isla combina celebración y esfuerzo, pausa y energía. Para quien visita Lanzarote en febrero, este contraste permite acercarse a una isla viva, donde las tradiciones no se muestran como espectáculo, sino como parte de la vida cotidiana.
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